Bajaja es el nuevo Carpe Diem

Tuve que correr detrás de mí misma para alcanzarme, pero me sigo escapando
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  • ¡Se árabe! Te apuesto a que ahí dice “pare”. Bajaja!

    ¡Se árabe! Te apuesto a que ahí dice “pare”. Bajaja!

    • 7 months ago
    • 1 notes
  • Momento de la toma de la “Pastille”, tradicional plato marroquí a la derecha.

    Momento de la toma de la “Pastille”, tradicional plato marroquí a la derecha.

    • 7 months ago
  • El tradicional té a la menta. Sentados tomándolo mientras veíamos a la gente pasar.

    El tradicional té a la menta. Sentados tomándolo mientras veíamos a la gente pasar.

    • 7 months ago
  • 27 de septiembre 

Marrakech

A pesar de haber comprado boletos en primera clase, los asientos de tren no reclinaban. Justo cuando mas lo necesitábamos para descansar la noche entera y amanecer descansados para rendir un día de caminata intensiva por la ciudad. 

Abordamos a las 2:30 am y llegamos sobre las diez de la mañana…reventados. Habíamos encontrado una cabina vacía en la que ambos pudimos ocupar una hilera de tres asientos cada uno, pero a las 6am nos despertaron y mudaron a la cabina que nos correspondía, y que -por supuesto- estaba ocupada de manera tal que ninguno de los dos podíamos acostarnos cómodamente. 

Marrakech nos recibió en una estación de tren casi idéntica a todas las que hemos visto en Marruecos. Tomamos el taxi en una redoma totalmente caótica en la que un tráfico absurdo trancaba las vías con carros que venían básicamente en todas las direcciones, donde nadie cedía el paso y todos tocaban la bocina. Eso, que para cualquiera es una tensión, para nosotros fue una distracción pintoresca pararnos tranquilamente a disfrutar de aquel espectáculo sin sentido, asombrados del nivel absurdo en el que se puede formar un tapón de tráfico sin ninguna necesidad. 

Un “Petit Taxi” nos llevó hasta la plaza principal de la Medina de Marrakech: la continuación del despelote al máximo. Esa plaza era cualquier cosa menos una plaza. Era un enorme espacio abierto en el que toda suerte de gente, turistas, vendedores ambulantes, encantadores de serpientes, músicos escandalosos, estafadores, caballos, burros, carretas, mendigos, gitanos, pedigüeños y una especie de “comerciantes” que no se definir, dedicados a posar monos y cobrar por las fotos que te tomaras con ellos, pululaban en espectacular desorden, dándole a Marrakech su incomprensible “encanto” (?)

Atravesamos ese circo buscando la tal Medina, de la cual nuestra única referencia era aquella medina que había en Fès, descubriendo pronto que ésta era mucho menos intrincada, mucho mas simple, bastante mas abierta y que no tenia nada que ver con la de Fès. 

Encontramos el hostal donde Danielle, la brasileña, nos habia dicho que se iba a quedar. Al buscarla ya no estaba. Me habia enviado un email para ir juntos al desierto, pero supongo que: a) No lo leyó o B) Para el momento en que lo mandé ya ella se había ido al paseo del Sahara. 

En fin, dejamos las cosas y salimos en busca de comida. Tratábamos de evadir a toda costa los lugares hechos para los turistas porque eran menos auténticos y mas caros. Terminamos en un restaurancito recomendado por el responsable del hostal donde debo admitir había mucho turista pero no el típico de la camarita colgada al cuello y el sombrero de Indiana Jones. 

La comida estaba rica, pero el lugar -como absolutamente todos los restaurantes locales- tenía gatos entre las mesas que parecían alimentar y mantener ahí con toda la intención. Jamás había comido con tantos gatos en un solo lugar. El tradicional trajín y el infaltable cous-cous. Esta vez probamos la pastille…como un pastel de pollo dulce y frío. A esa ocasión la denominamos “la toma de la pastille”.

Regresamos al hotel a descansar un poco y luego salimos a explorar mientras comenzaba a medio lloviznar. Debía haber algo mas en Marrakech aparte de esa plaza caótica. Caminamos hacia el portal de lo que parecia un palacio de gobierno y seguimos mas allá sin suerte de encontrar nada mucho mas interesante que la plaza. Llegamos a lo que creíamos que era Khasba y luego confirmamos que de hecho lo era. Allí comenzó a llover mas fuerte y entramos en una tienda de todo tipo de cosas mientras esperábamos a que escampara, cosa que nunca pasó. Regresamos a la plaza para aturdirnos con una última cuota de ruido y desorden antes de subir a la terraza del hotel a relajarnos un poco. 

Entrando al hostal encontramos al encargado moviendo unos instrumentos: una especie de “bajo” marroquí, una guitarra española y un djembe. Que bien, cada quien tomó uno y nos pusimos a tocar un rato. Luego le cedí el tambor a otro marroquí que estaba mas familiarizado con los ritmos que pedía el encargado y simplemente seguí con las palmas. La influencia Malí de esa música era hipnotizante, y así pasamos en una especie de trance una buena hora y media, hasta que el muchacho tuvo que irse a su casa. Queria buscar una “flauta especial” que tenia. Nosotros aprovechamos la pausa para ir a la terraza, donde apenas nos sentamos bajo el techito se largó a llover una lata de agua como no veía llover desde la época en que viví en el llano venezolano. 

Durante una buena hora no pudimos cruzar a las escaleras para bajar al lobby. Apenas mermó un poco, el encargado vino a buscarnos para seguir tocando, ahora con la flauta. 

Bajamos, y ya todas las luces de las áreas comunes estaban apagadas, excepto la de la recepción, donde nos sentamos. Su “flauta especial” era un tecladito de aire que oímos tocar por una hora mas y luego nos fuimos a dormir agotados. 

Al día siguiente debíamos estar listos en la recepción a las 7am para irnos al desierto.

    27 de septiembre

    Marrakech

    A pesar de haber comprado boletos en primera clase, los asientos de tren no reclinaban. Justo cuando mas lo necesitábamos para descansar la noche entera y amanecer descansados para rendir un día de caminata intensiva por la ciudad.

    Abordamos a las 2:30 am y llegamos sobre las diez de la mañana…reventados. Habíamos encontrado una cabina vacía en la que ambos pudimos ocupar una hilera de tres asientos cada uno, pero a las 6am nos despertaron y mudaron a la cabina que nos correspondía, y que -por supuesto- estaba ocupada de manera tal que ninguno de los dos podíamos acostarnos cómodamente.

    Marrakech nos recibió en una estación de tren casi idéntica a todas las que hemos visto en Marruecos. Tomamos el taxi en una redoma totalmente caótica en la que un tráfico absurdo trancaba las vías con carros que venían básicamente en todas las direcciones, donde nadie cedía el paso y todos tocaban la bocina. Eso, que para cualquiera es una tensión, para nosotros fue una distracción pintoresca pararnos tranquilamente a disfrutar de aquel espectáculo sin sentido, asombrados del nivel absurdo en el que se puede formar un tapón de tráfico sin ninguna necesidad.

    Un “Petit Taxi” nos llevó hasta la plaza principal de la Medina de Marrakech: la continuación del despelote al máximo. Esa plaza era cualquier cosa menos una plaza. Era un enorme espacio abierto en el que toda suerte de gente, turistas, vendedores ambulantes, encantadores de serpientes, músicos escandalosos, estafadores, caballos, burros, carretas, mendigos, gitanos, pedigüeños y una especie de “comerciantes” que no se definir, dedicados a posar monos y cobrar por las fotos que te tomaras con ellos, pululaban en espectacular desorden, dándole a Marrakech su incomprensible “encanto” (?)

    Atravesamos ese circo buscando la tal Medina, de la cual nuestra única referencia era aquella medina que había en Fès, descubriendo pronto que ésta era mucho menos intrincada, mucho mas simple, bastante mas abierta y que no tenia nada que ver con la de Fès.

    Encontramos el hostal donde Danielle, la brasileña, nos habia dicho que se iba a quedar. Al buscarla ya no estaba. Me habia enviado un email para ir juntos al desierto, pero supongo que: a) No lo leyó o B) Para el momento en que lo mandé ya ella se había ido al paseo del Sahara.

    En fin, dejamos las cosas y salimos en busca de comida. Tratábamos de evadir a toda costa los lugares hechos para los turistas porque eran menos auténticos y mas caros. Terminamos en un restaurancito recomendado por el responsable del hostal donde debo admitir había mucho turista pero no el típico de la camarita colgada al cuello y el sombrero de Indiana Jones.

    La comida estaba rica, pero el lugar -como absolutamente todos los restaurantes locales- tenía gatos entre las mesas que parecían alimentar y mantener ahí con toda la intención. Jamás había comido con tantos gatos en un solo lugar. El tradicional trajín y el infaltable cous-cous. Esta vez probamos la pastille…como un pastel de pollo dulce y frío. A esa ocasión la denominamos “la toma de la pastille”.

    Regresamos al hotel a descansar un poco y luego salimos a explorar mientras comenzaba a medio lloviznar. Debía haber algo mas en Marrakech aparte de esa plaza caótica. Caminamos hacia el portal de lo que parecia un palacio de gobierno y seguimos mas allá sin suerte de encontrar nada mucho mas interesante que la plaza. Llegamos a lo que creíamos que era Khasba y luego confirmamos que de hecho lo era. Allí comenzó a llover mas fuerte y entramos en una tienda de todo tipo de cosas mientras esperábamos a que escampara, cosa que nunca pasó. Regresamos a la plaza para aturdirnos con una última cuota de ruido y desorden antes de subir a la terraza del hotel a relajarnos un poco.

    Entrando al hostal encontramos al encargado moviendo unos instrumentos: una especie de “bajo” marroquí, una guitarra española y un djembe. Que bien, cada quien tomó uno y nos pusimos a tocar un rato. Luego le cedí el tambor a otro marroquí que estaba mas familiarizado con los ritmos que pedía el encargado y simplemente seguí con las palmas. La influencia Malí de esa música era hipnotizante, y así pasamos en una especie de trance una buena hora y media, hasta que el muchacho tuvo que irse a su casa. Queria buscar una “flauta especial” que tenia. Nosotros aprovechamos la pausa para ir a la terraza, donde apenas nos sentamos bajo el techito se largó a llover una lata de agua como no veía llover desde la época en que viví en el llano venezolano.

    Durante una buena hora no pudimos cruzar a las escaleras para bajar al lobby. Apenas mermó un poco, el encargado vino a buscarnos para seguir tocando, ahora con la flauta.

    Bajamos, y ya todas las luces de las áreas comunes estaban apagadas, excepto la de la recepción, donde nos sentamos. Su “flauta especial” era un tecladito de aire que oímos tocar por una hora mas y luego nos fuimos a dormir agotados.

    Al día siguiente debíamos estar listos en la recepción a las 7am para irnos al desierto.

    • 7 months ago
  • Desde el tren a Marrakesh. Amanece en algún punto en el camino.

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    • 7 months ago
  • Interior del museo de la madera. También un Riad.

    Interior del museo de la madera. También un Riad.

    • 7 months ago
  • Detalle desde una esquina del museo de la madera.

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    • 7 months ago
  • Desde el interior de la primera universidad que hubo en el mundo.

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    • 7 months ago
  • Flinn & Jack reflejados en el espejo.

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    • 7 months ago
  • Desayunito antes de recorrer el laberinto y los bazares de la ciudad antigua.

    Desayunito antes de recorrer el laberinto y los bazares de la ciudad antigua.

    • 7 months ago
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